Hace unos días, luego de las fuertes lluvias del mes de junio, a la altura de la carrera Cúcuta se levantó el asfalto y dejó al descubierto un antiguo puente, aún conservado, de los 20 existentes sobre la escondida y cubierta quebrada Santa Elena en 1924. 

Por la Avenida la Playa entre lo que es hoy el Museo Casa de la Memoria y la Avenida Oriental, atravesaban la quebrada siete puentes, cada uno con sus particularidades. El primero, que estaba hecho de tablas, se conocía como el “puente de los indios” y se ubicaba donde cruza la carrera 37 (Nariño). Más abajo, en la carrera 39 – Giraldo, estaba el “puente de Boston” que primero fue de tablas y luego se remodeló en mampostería. En la carrera 40 quedaba el “puente de hierro”, que en un principio fue de cañabrava y luego fue reforzado con barandas de metal de color rojo.

Bajando por el cauce de la quebrada, hasta donde hoy se encuentra el Palacio de Bellas Artes, se ubicaba el “puente de Córdova”, llamado así por el héroe de la independencia y que también da nombre a la carrera 42. Una cuadra más abajo en la carrera 43 se encontraba el “puente de Girardot” o “puente colgante”, llamado también en honor al prócer Atanasio y que era similar al Puente de Occidente. A este le seguía el “puente de La Palencia” en la carrera 45, que era de madera y barandas de color café. Y por último, en la desaparecida carrera la Unión (hoy Avenida Oriental) y al frente del antiguo Palacio Arzobispal, se encontraba el “puente del Arzobispo”. Eran estos los puentes que en antaño conectaban la ciudad y que hoy, bajo el asfalto, conectan con nuestro territorio San Ignacio.

De lado y lado, los puentes daban paso a las casonas que a finales del siglo XIX comenzaron a construirse al lado de la quebrada, como la sobreviviente casa Barrientos, buscando las aguas limpias de Santa Elena. Con el crecimiento de la ciudad, los puentes fueron absorbidos y la quebrada cubierta, apareciendo las carreras que conocemos hoy en día.

Foto de archivo del @teatropablotobon

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